Los tres hijos de Karla nacieron con síndrome de abstinencia. “Mis tres hijos me han nacido así», dice la joven de 27 años, y lo repite despacio, como si no terminara de creerlo. El primero lo pasó en una incubadora. «Verlos en ese estado, en que sólo pasan vomitando… Y una se culpa como madre”, dice la joven ecuatoriana, desde una calle de Guayaquil.
Empezó a consumir por el hermano de su padrastro, que le pedía permiso a su familia para sacarla los fines de semana a los bailes. Un sábado la llevó a comer un bollo y le ofreció droga. “En ese momento me gustó la sensación. Me sentí como si estuviera en otro planeta”.
No tenía hijos entonces. Después vinieron los tres, y los nueve meses de cada embarazo fueron de consumo.
Una vez intentó parar. Entró a un tratamiento ambulatorio estando embarazada, el primero de su vida. “Intenté dejarlo, pero seguí consumiendo”, admite.
Sus hijos -10 años, 8 años y una bebé de un año y cuatro meses- viven con su abuela. Karla lleva tres meses en recaída y dos sin ir a verlos. Cuando se le pregunta qué ayuda recibió del Estado, no menciona ninguna: “Me faltó mi voluntad propia”, se culpa.
Trayectorias marcadas por la violencia y la vulnerabilidad. Historias de pobreza. Falta de atención y contención.
El patrón del aumento de nacimientos de niños con secuelas derivadas de las adicciones maternas se repite en todo el continente.
Helen Baum comenzó a consumir cocaína cuando aún era adolescente. Tiene 54 años. Nació y vive en un barrio periférico de la ciudad de São Paulo.
Cuando quedó embarazada de su primer hijo dejó de consumir. Sin embargo, cuando su hijo tenía 12 años recayó y su madre le quitó la custodia y le prohibió ver al niño, lo que hizo que empeorara su consumo de crack, y terminó viviendo en la calle.
En 2013 quedó embarazada, continuó con el consumo abusivo de drogas y el bebé nació muerto. Relató violencia obstétrica por parte del equipo médico, además de mucha discriminación.
«Cuando descubrí mi segundo embarazo, entré en pánico, porque no tenía apoyo. Cómo iba a cuidar de un bebé estando en la calle? En lugar de dejar de consumir, como durante el primer embarazo, consumí aún más crack. En el octavo mes comencé a sentir muchas contracciones. La gente de la calle llamó a la Policía y cuando llegaron pasaron de largo y no me socorrieron, a pesar de que me retorcía de dolor. Llamaron al SAMU (servicio de emergencias), pero mientras tanto mi bebé nació muerto entre mis piernas”, relata, de manera desgarradora.
“Yo lloraba mucho. Cuando llegó el SAMU me llevaron al hospital con mi hijo. Recuerdo al médico cosiéndome y llamándome vagabunda. Fue mucha violencia”.
En cuanto a su primer hijo, finalmente retomó el contacto con él y este la ayudó en la reconstrucción de su vida.
Él tiene algunas enfermedades respiratorias, pero no es posible saber si existe algún tipo de relación con el consumo de drogas que ella tuvo.
Escribió un libro sobre su historia, publicado en 2025, y estudia las maternidades subyugadas en el sistema penitenciario, ya que también estuvo presa durante cinco años.
Jessica: el chequeo que nunca preguntó
Tres de los 4 hijos de Jessica (27 años) nacieron con síndrome de abstinencia: los tres que llegaron después de que el padre de su hijo mayor le enseñara a consumir, hace más de 10 años.
Fue a los controles prenatales de los tres embarazos. Nunca nadie le hizo una prueba de drogas. “Iba a chequeo por el embarazo, nada más”, dice. “Pero nunca estaba en chequeo por la droga”.
El sistema de salud la vio, la pesó, le midió la panza y la dejó ir, embarazo tras embarazo, mientras ella conseguía como podía lo que necesitaba consumir. «A veces no tenía. Tenía que hacer cosas, muchas cosas, para tener mi droga. Y estando embarazada”.
De los cuatro hijos, ninguno vive con ella. El mayor, de 15, está con el hombre que la inició en el consumo. La niña de 5 quedó con una cuñada. A los dos pequeños -de 4 años y de 4 meses- los tiene el padre, «por lo que yo ando buscando mi droga». Al de 4 nunca lo matriculó en la escuela.
Le preguntan si recibió apoyo de su familia, del sistema de salud, de alguien. La respuesta son cuatro palabras: «De nadie. Yo no recibo de nadie».

proporcionadas por una psiquiatra especialista en adicciones.
Marisol, 33 años: «el mismo mono que uno siente»
La hija de Marisol (33 años) nació con síndrome de abstinencia. Su historia de consumo empezó a los 15, cuando conoció a un chico.
Se enteró de su embarazo a los cinco meses. Fue a hacerse la ecografía y ahí le advirtieron: la niña iba a tener problemas al nacer. Nadie la trató, nadie la derivó, nadie volvió a buscarla. Intentó dejar de consumir por su cuenta y no pudo. “No pude yo”, dice, y se culpa a sí misma, no al sistema que la vio venir.
Hoy la niña tiene problemas en los huesos. Del nacimiento no recuerda nada.
La cría su madre. Ella dice que ahora quiere recuperarla, “ser esa madre que nunca tuve”. Le preguntan qué le hubiera hecho falta y no habla del Estado ni de un hospital. Habla de su mamá: “Porque ella nunca estuvo conmigo ahí”.
- Mirá “La otra cara del narco: los bebés de la droga en América latina”
- Mirá “En 3 años, los casos de bebés expuestos a drogas crecieron hasta 185% en Argentina”.
Imagen principal: Dos bebés -hoy de 4 años- que nacieron dependientes de las sustancias que consumía su madre, en Guayaquil. Ella había sido admitida en un programa municipal de rehabilitación, uno que actualmente excluye a las mujeres embarazadas. (Tierra de Nadie).
- Esta nota es parte del trabajo conjunto de los medios Ruido (Argentina), Repórter Brasil, Plaza Pública (Guatemala), La Contratopedia Caribe (Colombia), Tierra de Nadie (Ecuador) y POPlab (México), con el apoyo de Chequeado, unidos en un consorcio regional que busca sacar a luz datos e historias invisibilizadas en estos países.
Autoría
(*) Alina Manrique (Tierra de Nadie, Ecuador), Jeniffer Mendonça (Repórter Brasil), Tatiana Velásquez (La Contratopedia Caribe, Colombia), Astrid Jerez y Eswin Quiñónez (Plaza Pública, Guatemala), Kennia Velázquez (PopLab, México) y Natalia Lazzarini y Edgardo Litvinoff (Ruido, Argentina).
